martes, 8 de abril de 2014

Cómo inventé el bookcrossing

Una noche del año 2001 encontré un libro tirado en un vagón del metro. Era Suave es la noche, de Scott Fitzgerald, uno de mis autores preferidos, de quien convendría aprender el arte de describir sin juzgar. Entre las páginas del libro había un papel doblado en cuatro: era una factura de Telefónica, así que cuando llegué a casa marqué el número que figuraba en la misma y pregunté por el nombre de la titular, una mujer, no recuerdo el nombre. Quien contestó era, efectivamente, la dueña del libro perdido, así que me ofrecí a devolvérselo al día siguiente en alguna estación de la línea 4, que era donde lo había encontrado y la que tomaba yo a diario para ir al trabajo.

A la hora y en el lugar acordados apareció una treintañera nada destacable a la que olvidé casi de inmediato. Recuerdo bien, en cambio, que no parecía muy entusiasmada por recuperar el libro, que me dio las gracias con desgana y que dijo que no le estaba gustando. También recuerdo que sentí lástima por una mujer incapaz de apreciar la prosa sublime del autor de El Gran Gatsby.

Me marché pensando que habría sido mejor dejar el libro en el suelo del vagón para que alguien con criterio lo encontrase, porque si bien algunas lecturas pueden cambiar nuestra percepción de la existencia o de nosotros mismos y transformarnos por completo, es lógico que no valgan los mismos libros para todo el mundo, y menos aquellos que nos recomiendan, sino los que llegan a nosotros –aparentemente– por casualidad.

Aquella noche se me ocurrió una idea que puse en práctica al día siguiente: dejaría olvidado por ahí un libro para que alguien lo recogiera, con la esperanza de que el hallazgo pudiera aportar algo al receptor, que sirviera tal vez para cambiarle la vida o, al menos, para enriquecérsela de algún modo.

El caso es que, por aquellos días, tenía en casa un ejemplar de Las enseñanzas de Don Juan, de Castaneda, un libro extraño y a veces perturbador, de los que no se olvidan; un libro que me había regalado en una whiskería un escritor orientalizante muy famoso, muy controvertido y muy pagado de sí mismo, diciendo que me cambiaría la vida, cosa que –todo hay que decirlo– no ocurrió. A pesar de ello, me pareció un libro con la suficiente entidad como para valerse por sí mismo una vez abandonado y fue el primero de los que perdí conscientemente; lo hice en un banco de la estación de Chamartín. En la primera página escribí una nota que, con pequeñas variaciones, incluí en todos los que le siguieron:

“Si quieres leer este libro, llévatelo, es tuyo. Si no te interesa, déjalo aquí mismo para que otra persona pueda encontrarlo”. Y puse también la fecha: “abril de 2001”.

Las primeras veces solía quedarme a cierta distancia para ver quién se llevaba el libro, pero después dejé de hacerlo porque no quería tener prejuicios acerca del receptor. Además, se me antojaba necesario confiar en que cada ejemplar, ya fuera directa o indirectamente, encontraría al lector adecuado. Y así he seguido haciéndolo hasta hoy.

Me crean o no, solo hace poco he sabido de la existencia de un movimiento organizado llamado bookcrossing que se dedica a hacer lo mismo, pero llevando a cabo un rastreo de los libros, que son controlados, etiquetados y –como si de una gigantesca biblioteca pública del azar se tratase– registrados en internet. Lo descubrí en un programa de esos cultillos de La 2 y me hizo gracia pensar que alguien hubiera podido inspirarse en mi idea. Después comprobé que el movimiento se había gestado –como casi todo lo que se convierte en moda– en los EE.UU y, curiosamente, también en el año 2001.

Yo, por mi parte, he seguido perdiendo libros gracias a aquella mujer anodina que seguramente tendría muchas virtudes, pero no la del buen gusto. Pierdo libros en trenes, en aeropuertos, en cafeterías, en monumentos famosos y en humildes semáforos. ¿Qué quieren que les diga? Por unos momentos te sientes como un mensajero de la Providencia y es algo muy especial, igual que cuando le haces un regalo a un viejo amigo.

lunes, 24 de marzo de 2014

Gramática para gañanes (III): Latinajos


Latinajos
No uses frases latinas si no sabes lo que quieren decir, si no sabrías escribirlas correctamente o si no tienes ni puta idea de cómo se pronuncian. He aquí los tres ejemplos más habituales:

Motu proprio
Recurrir al "de motu propio" es estupendo para dárselas de cultillo cuando hubiera sido mejor decir "por iniciativa propia" y no quedar como un gárrulo analfabeto. La forma correcta de escribir (y pronunciar) esta locución es "motu proprio", sin la preposición de y con la erre ahí donde la ves. La escalofriante "de mutuo propio" es sólo para gañanes de máximo nivel, como presidentes y consejeros autonómicos, concejales de urbanismo, subsecretarios y similares.

Grosso modo
Al igual que en el ejemplo anterior, al tratarse de un ablativo no admite el uso de preposición, así que nada de "a grosso modo". Si eres periodista, seguro que en alguna ocasión has escrito la también aberrante "a groso modo" con preposición y una sola ese. Aunque no lo reconozcas lo has hecho, plumilla.

Alma mater
Cuando un periodista escribe que Fredy Mercury es el alma máter de Queen, está cometiendo nada menos que cinco (5) errores, a saber:

Primero: La expresión alma mater se utiliza para referirse a la universidad en la que estudió determinada persona, siendo dicha institución una madre que alimenta el intelecto de sus vástagos.

Segundo: No es el alma mater sino la alma mater, ya que la palabra alma en latín es un adjetivo (que nutre o nutricia).

Tercero: Las locuciones latinas se acentúan al pronunciarse, pero no gráficamente, es decir, no llevan tilde (alma mater). Igual que en vascuence, vamos.

Cuarto: Además, las locuciones latinas, al no formar parte de la lengua española, deben diferenciarse al ser escritas por medio de comillas, cursiva o negrita.

Quinto (y más importante): Freddie Mercury se escribe Freddie, no Fredy.

Y Statu Quo se escribe sin ese, ¡cojones! Lo otro era aquella infame banda de rock –telonera de Queen– cuyos estribillos se repiten ad eternum.
 

martes, 18 de marzo de 2014

La atención, el bien y el mal

Mi amiga Irma, que es muy justiciera y se indigna mucho con las noticias, va y me dice el otro día:
 “Tú que tienes la oportunidad de hablar a micrófono abierto de lo que quieras, ya podrías cebarte con los abusos de los bancos que antes eran cajas de ahorros, de los que siempre fueron bancos, de la Diputación o del Consorcio de Transportes, o con la burguesía funcionaril –que constituye un buen porcentaje de la población, cuidado–, o con Iberdrola. Podrías hablar de cómo te sangran y luego publican anuncios en los que justifican sus robos; podrías hablar de los políticos analfabetos que viven de ti y de mí y de todos los anteriores.”

Bueno, pues ya estoy hablando, pero lo cierto es que no sirve de mucho. Y no sirve, sencillamente, porque es dañino. Despotricar un rato y soltar vapor viene muy bien, sí; además la gente te apoya, generas adhesión, quedas como alguien que dice la verdad ante cierto sector del público y todo esto tendría sentido si sirviera para algo, si pudieras remover las conciencias de quienes nos joden. El problema es que no puedes. Al menos, no de este modo.

Piensen una cosa: Cuando nos centramos en aquello que nos molesta, lo que hacemos es darle protagonismo, lo aumentamos, lo hacemos presente en nuestra mente y en las mentes de los demás. En cierta ocasión leí que no es extraño que las elecciones las gane el político más odiado o el que peor fama tiene, simplemente porque el foco de atención de los medios y de la sociedad se centran tanto en él, que las virtudes, el poder y la presencia de los demás candidatos se difuminan. Ya lo dijo Wilde: “Sólo hay algo peor que que la gente hable de ti, y es que nadie hable de ti.” Así que bien o mal, pero que hablen, ¿verdad?

Me viene a la memoria el bueno de Joaquín Luqui, ya fallecido. Siendo adolescentes solíamos criticarlo porque era un crítico musical que nunca criticaba a nadie, porque para él todo el mundo era fantástico y toda la música era fenomenal y los discos que le gustaban serían tres, dos o uno ¿recuerdan? 
Nos parecía demasiado benévolo, porque siempre es más honrado y creíble vilipendiar todo aquello que merezca ser puesto en evidencia ante la opinión pública, ya tenga que ver con temas graves y trascendentes o baladíes como la música de radiofórmula.

Pero años después, leí una entrevista que le hacían a Joaquín Luqui en la que le preguntaban eso mismo: “¿Y usted por qué no critica nunca a nadie?” Y Luqui contestó:
 Yo hablo con entusiasmo de la música que me gusta, de la que considero que tiene calidad, de la que creo que puede llegar a triunfar, esté en lo cierto o no; también hablo de aquello que no me gusta tanto, pero no voy a malgastar mi tiempo ni mis energías en hablar mal de nadie. No tendría sentido. La atención es más valiosa que todo eso. La atención. Esa es la clave.

¿Por qué obsesionarnos repitiendo las cosas que todos sabemos? ¿Acaso no es mejor que demos alas a quienes ofrecen soluciones, que prestemos atención a quienes destapan los escándalos y denuncian los abusos y las injusticias, tengan el color que tengan? No perdamos nuestro tiempo en los comentarios de noticias, en las opiniones sobre lo que otros han opinado antes, en los comentarios de comentarios, en el refrito...

Y ojo, no estoy diciendo que haya que perder el contacto con la realidad –porque actualidad y realidad no son la misma cosa y las noticias que aparecen en los diarios son casi siempre las mismas, pero eso ya lo comentaremos otro día–: hablo de que tratemos de centrarnos en lo constructivo, en lo provechoso, en lo bueno, que también lo hay y es mucho.

Parece difícil, y lo es: es tan difícil como elegir entre el bien frente al mal, pero lo hacemos mil veces a día. El bien es invisible, silencioso, propio de santos, de gente aburrida y de pobres. El mal, en cambio, es explosivo, ruidoso, es atractivo y sexy. Dice aquí estoy yo y pega golpes encima de la mesa para que le prestemos atención. Y lo consigue.
Es como en esas tertulias de televisión, en las que aparecen los mismos titulares e imágenes en bucle una y otra vez mientras los invitados desgranan sus lugares comunes, tan previsibles, a ver quién calienta más los cascos al personal y consigue más aplausos, a ver quién es más cínico.

Y claro, con estos ejemplo el bucle se sigue alimentando, pero no soluciona nada, porque tener espíritu crítico no es lo mismo que criticar. De modo que ¿por qué no intentamos lo más difícil? Busquemos algo o alguien de quien merezca la pena hablar bien y hagámoslo. De este modo, quienes no merecen más que desprecio tal vez se den por aludidos.

martes, 18 de febrero de 2014

¡Farang!

puesto callejero bangkok
Pedí a las japonesas que se marchasen a su hotel. Bastaron unos azotes cariñosos en las nalgas de una de ellas, Nioko, y la promesa de vernos al día siguiente y hubo por fin silencio. Los ladridos de los perros son el silencio de este barrio. Sumali dice que esto de los perros es algo nuevo, que hace años no los había, que es una moda nueva. Hace años yo tampoco estaba. En mi país siempre me molestaban los ruidos. Aquí no. El día estaba ya muy avanzado y salí de la ducha sin poder saber cual sería el olor de la habitación, pues esto sólo lo sabe quien no ha pasado la noche en ella y entra después: la criada ahora. Me puse una camisa blanca, las gafas de sol y al sentarme en el bar de abajo me di cuenta de que había olvidado preguntar a las chicas en qué hotel se alojaban. Desayuno un Tom Yum que arde como el infierno. Llevo meses sin beber leche: se agria con el calor, te hace sentir lento y torpe, un blanco ridículo de piel sudorosa que se esfuerza por no caer bajo el pesado sol de los trópicos. Cómo se ríen los siameses de los blancos ridículos... y cuánto deseo yo pasar inadvertido ante sus ojos llenos de paciencia y sorna: "¡farang, farang!"        

jueves, 12 de diciembre de 2013

Gramática para gañanes (I y II)

Primera lección

Ahí, hay y ay:
“Ahí” es un adverbio ("Me gusta ahí, ¡ahí, sí!", etc.).
“Hay” es una forma impersonal del verbo haber ("Hay rabas y chipirones"; "¡Hay que joderse!", etc.)
“Ay” es una interjección ("¡Ay morenaza, qué buena estás!"; ¡Ay qué rico!, etc.)

Y "Ahy" no existe. ¡Cojones ya! ¡Gañanes! 

Segunda lección

Vaya, valla y baya:
"Vaya" es la 3.ª persona del singular del presente de subjuntivo del
verbo ir: ("¡Vaya usted a saber!") // También es una interjección que se usa sola o antepuesta a un sustantivo para expresar sorpresa o admiración ("Vaya por Dios"; "¡Vaya tetas tiene la Matilde!", etc.)

"Valla" es lo que se pone en las granjas para separar a los conejos de los pollos, o en las obras para que los ancianos curiosos no caigan en la zanja:
("Detrás de esta valla tengo los gorrinos para que no me los robe el
Azarías", "El salto de vallas es una prueba de atletismo", etc.)


"Baya" es un fruto carnoso con semilla rodeado de pulpa: ("¿Sabías que los tomates, las moras y las fresas son bayas?" Y "Balla" no existe, ¡Ya está bien, borricos!

lunes, 25 de noviembre de 2013

Cupcakes y Manolos*

Zaloa
Empiezas a creer que eso del amor de tu vida podría no ser un camelo cuando, recordando un chascarrillo viejo (esto no es un blog de actualidad), ella te cuenta durante la cena que Sex and the city le parece:
“Un chollo para guionistas sin vida propia (locazas ellos, frígidas ellas) empeñados en sacar a relucir lo peor de las mujeres.”
O que:
“Sarah Jessica Parker es una hortera con cara de caballo  incapaz de llevarse a la cama a nadie más que a Matthew Broderick" (qué lástima de chico, con lo bien que daba el pego como Ferris Bueller). Y también que:
"Lo peor es que esta pava haya acabado creyéndose su propio personaje". O mi preferida:
“La imbecilización de los hombres y de algunas machorras a través del fútbol es equivalente a la que se pretende lograr con nosotras por medio de basura decadente como Sex and the city, disfrazándola de guerra de sexos”.
Quien se expresa en estos términos ha elegido un Pintia del 2007, es una de las mujeres más guapas que hay aquí esta noche (que no son pocas) y, sin duda, la mejor vestida. Además, se ríe mucho, besa fenomenal, habla bajito y coloca como nadie las tildes y las comas. ¿Habrá empezado a cambiar mi suerte? 

*Si has entrado aquí gracias al título es que ya sabía de qué iba la cosa ¿verdad?

viernes, 8 de noviembre de 2013

Del Bierzo

Godelia Mencía Bierzo 2009


Godelia
100% mencía, del Bierzo y del 2009. 
Memorable.

Donde Álvaro.

viernes, 18 de octubre de 2013

Personajes que se quedaron en un cuaderno

R no es consciente de su propia inconsistencia, por eso nunca deja que otros hablen por ella. Tampoco se sabe mediocre, lo cual podría considerarse una ventaja, pero la negrura de su desesperación es tan real como la de alguien mucho más inteligente, sólo que ella no sabe ponerle nombre, y los nombres sirven –como todo el mundo sabe– para medir las cosas y hacerlas más llevaderas.


H siempre había sabido que estaba de más, pero un día, hace no mucho, decidió que no volvería a percatarse de ello y caminó algo más despacio –también deliberadamente–, dándose el lujo de contemplar en lo cotidiano todos los detalles a los que el resto de los transeúntes no podían prestar atención, casi siempre debido a las prisas. H no alcanzó la iluminación aquel día, pero sintió una felicidad violenta al caminar entre la multitud que se hundía en la boca del metro.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Pies negros 2009

Pies negros, Artuke, Rioja 2009.90% Tempranillo, 10% Graciano. Bastante tánico En el Bitoque de Albia.