martes, 18 de noviembre de 2008

¿De qué habla Ray Loriga?


Vaya por delante que Ray Loriga es mi escritor español vivo preferido*, y no solo por afinidad generacional, sino por su estilo inconfundible y la notable evolución que ha experimentado desde aquel Héroes con el que le conocí, hace quince años. La prosa de Loriga te gusta o no, en mi opinión es brillante. Los temas que aborda cambian en función de su experiencia vital y su estilo se ha ido depurando con los años hasta alcanzar un nivel de cuasi-virtuosismo -si se me permite el símil musical- que seguirá haciéndose valer durante mucho tiempo (pero atención: si no os gustan las metáforas o el fraseo corto ni lo intentéis).





Han pasado cuatro años ya desde que publicó El hombre que inventó Manhattan y ocho desde Tokio ya no nos quiere o Trífero, mis dos obras preferidas del madrileño, así que podéis imaginar la impaciencia con la esperaba la aparición de su último libro. Aquí está:
Una calurosa tarde de junio, durante la Feria del Libro de Madrid de hace dos años, tuve la ocasión de charlar con Ray y volver a comprobar lo serio, amable y reservado que era. Estuvimos hablando de unos asuntos que no vienen al caso y en un momento dado le pregunté si estaba escribiendo algo:
-Sabrás que estoy haciendo una película –contestó- y de momento sigo totalmente centrado en ella.
-Sí –dije-, sobre la vida de Teresa de Ávila, algo he oído.
El tema era bien sabido y la película estaba ya en postproducción, así que me habló un ratito sobre ella pero al final no pude reprimirme e insistí:
-Bien pero, además del cine, volverás a escribir alguna novela ¿verdad?
Entonces Ray se encogió ligeramente de hombros y yo pensé que tal vez tendría que resignarme a esperar algún tiempo para poder volver a leer algo suyo. Antes de despedirnos nos hicimos una foto y me dedicó algunos libros para un amigo. Guardo un grato recuerdo de aquella conversación.
En los últimos meses me he ido enterando por casualidad de algunos episodios sobre la vida privada de Ray que han aparecido en diversos medios de comunicación y que no detallaré aquí puesto que no son cosas extraordinarias ni son asunto mío y me interesan poco a no ser que trasciendan a niveles puramente literarios.

El problema es que estos asuntos privados han trascendido a nivel literario. Me explico:
Todos los escritores trabajamos, en mayor o menor medida, basándonos en nuestras propias experiencias y creamos la ficción desde una cosmovisión que puede ser propia, asimilada o copiada (esta última opción es, en mi opinión, inaceptable), pero escribimos sobre nosotros mismos casi sin excepción, aunque sea a traves de personajes que supuestamente nada tienen que ver con nuestras vidas; nos idealizamos o denigramos, nos deformamos, exploramos lo que nos gusta u odiamos de nosotros mismos, plasmamos nuestra relación con el mundo y las personas que nos rodean de forma veraz o distorsionada, según la ocasión, y lo más interesante del caso es que muchas veces no somos conscientes de estar haciéndolo. La creación artística es un ejercicio de introspección destinado a ser expuesto ante los ojos de los demás, es una forma de exhibicionismo, y la literatura no es un caso aparte.
Pues bien: La semana pasada me acerco a mi bar preferido de Algorta con un ejemplar recién comprado de Ya sólo habla de amor, me siento en una mesa y comienzo a leer. Es él, Ray Loriga: hipnótico desde la primera frase, un poco más tierno cada vez conforme pasan los años, más pulido, más maduro, el estilo intacto. Ray describe el desasosiego de Sebastián -su protagonista en tercera persona-, tan humano, tan lleno de defectos y temores, tan rebosante de arrogancia y pasión dormida como cualquiera de nosotros, no hace falta tener gafas de culo de vaso para comprobar que se habla a sí mismo, a Ray Loriga, que se describe a si mismo, que se lamenta de su suerte, de sus pude y no quise y de sus quise y no pude. Bien, de acuerdo, una pajilla se le permite hasta a Yukio Mishima, si hace falta. Sigo leyendo: diez páginas, veinte, treinta. Me levanto y pido otra manzanilla (nada de alcohol antes de las ocho de la tarde). Sigo leyendo: bonita metáfora, subrayo algunas frases, anoto otras… cuarenta páginas, cincuenta páginas, sesenta, setenta… OCHENTA Y CUATRO páginas. Cierro el libro y enciendo un cigarrillo. Levanto a vista hacia la barra: Ruth me mira con displicencia mientras seca cuidadosamente unas copas; debe habérseme puesto cara de mala hostia. Estoy de mala hostia. Cierro el libro, lo dejo en la cocina al volver a casa y busco el consuelo en las páginas de Banana Yoshimoto.
Dos días más tarde me lo pienso un poquito mejor, vuelvo al bar y busco la dichosa página 84: Más de lo mismo. Me lo tomo con calma, con otra manzanilla, con varios cigarrillos y con mucha calma. Etvoilà! El libro comienza en la página CIENTO ONCE, ahí estaba el truco; he hecho bien en perseverar en la lectura, éste sí es el Ray Loriga que me gusta, el que te cuenta cosas aunque parezca que no lo hace queriendo. La mala hostia de anteayer puede haber merecido la pena… sí, puede que hubiera merecido la pena tratándose de un libro de 300 páginas, pero Ya sólo habla de amor tiene 175.
Siempre he recomendado apasionadamente y regalado libros de Ray Loriga a todo el mundo, pero no lo haré con este último. Ray pasa por un mal momento o se está quedando con nosotros y, francamente, ninguna de las dos explicaciones me satisfacen. Lo malo no es que ya sólo hable de amor (¿quién en su sano juicio no lo hace?) sino que nos ponga a los lectores a trabajar de psicoanalistas y encima tengamos que pagar por ello. No quiero decir nada más. Esperaré al siguiente libro.


*Sí, ya sé que Puértolas, Delibes, Sánchez Ferlosio, Regás, Marías, Antolín Rato, Tusquets, Vila-Matas, etc. etc. siguén vivos.


8 comentarios:

  1. A veces, cuando volvemos a los sitios queridos, para continuar queriéndolos, nos decepcionamos. De todas formas, esa tarde deberías haber empezado a beber antes...Por darte un poco de envidia (?) ahora estoy leyendo a un muerto, y me va muy bien: La ninfa inconstante, de Guillermo Cabrera Infante.Un saludo, Jon.

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  2. Vida azarosa, la del muerto en cuestión. El libro no lo he leído, pero el título resulta inquietante para cualquier sátiro que se precie. Saludos, amigo Nicho.

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  3. El OrO de la Basílica20 de noviembre de 2008, 3:08

    Pues va a ser verdad eso que dices de que sales fatal en las fotos jajajaja! Esta no la había visto, paliducho, con lo guapo que tú eres.... XOXOXO

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  4. Pero bueno, muchacha, ¿a tí ya te interesa lo que escribo? De todos modos, gracias. XO

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  5. Reconozco no haber leído nada de Loriga ( hay tantos caminos ), pero tu evidente cabreo despierta mi curiosidad. Lo leeré y emitiré dictamen, ok? ( lo pienso coger de la biblioteca, por si acaso tienes razón..)Leo

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  6. No conozco tus gustos, pero en cualquier caso te recomendaría leer cualquiera de sus libros anteriores, especialmente "Trífero", "Tokio ya no nos quiere" o "El hombre que inventó Manhattan", verás que el estilo es muy propio y personal pero cada libro explora territorios diferentes. Si lees su última novela y estás de acuerdo conmigo, vuelve por aquí y ya me dirás, y si no estás de acuerdo, también leeré tu opinión con mucho interés. Gracias por leer mi blog.

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  7. Lo siento, pero no mejora ni en la última página. Exceptuando un par de frases que se pueden salvar de la quema, el resto es papel de hoguera. Nada que ver con "Tokio ya no nos quiere" o "Trífero", que parecen ser de otro padre. En fin, seguro que es una mala racha. También los escritores podeís tenerlas.Arantxa

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  8. yo creo que lo que le ha pasado es que de no esribir le ha costado ciento y pico páginas coger el puntito. Es en ese momento cuando hay que saber tirar esos folios y comenzar en el punto en el que ha llegado la inspiración.Pero claro, para alguien que ya no escribe tanto, tirar tantas hojas...Ya estoy de vuelta por aquí, Facebook me tiene poseido.

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