miércoles, 7 de abril de 2010

Vikram Chandra, el reencuentro y un mono mecanógrafo

La literatura hindú contemporánea, la que nos llega a través de traducciones aceptables después de consolidarse ampliamente en el ámbito anglosajón –cosas de la Commonwealth- pertenece a un territorio poco conocido por el lector de habla española.

A los hindúes les gustan las historias largas con dioses y serpientes, batallas, nobleza, traición, música –mucha música- y canciones; las historias con amor de madre, amor a la patria y amor romántico, con sabor a chappatis y especias, con mundos en trance de ser destruidos y gentes humildes pero sabias que unas veces se reencarnan en Brahmanes y otras en un mono descarado y ladrón que, al recibir un disparo vengativo, toma conciencia de su anterior existencia y escribe su historia en una vieja máquina de escribir para asombro de todos. Porque es así, con la toma de conciencia de un mono, como comienza Tierra roja y lluvia torrencial, de Vikram Chandra.

A Chandra lo conocí por casualidad -como suele ocurrir con los autores a los que más queremos- hará unos diez años, cuando trabajaba en Espasa y entre el lote de libros que me correspondía cada mes me encontré con Amor y añoranza en Bombay, un libro de relatos que comencé a leer sin demasiadas expectativas y que me enamoró por su calidad, por su ternura, y también por la crudeza con la que se describían desde la mirada cotidiana las glorias y miserias de la sociedad india actual.
De entre los relatos que componían Amor y añoranza… me gustó especialmente uno protagonizado por un policía recién divorciado cuya existencia se debatía entre el recuerdo vívido y doloroso del amor perdido y su contacto diario con criminales de todo tipo. Sartaj Singh -así se llamaba el policía- es uno de los personajes mejor perfilados con los que me he topado jamás, y lamenté mucho no saber más de él cuando terminé de leer el relato en cuestión. Recuerdo que lo leí varias veces pensando en todo el juego que daba este personaje, en lo mucho que me hubiera gustado saber cómo sería su vida después del atisbo breve e intenso de aquellas páginas.
La cosa quedó ahí, hasta que en el año 2007 Chandra publicó una novela monumental de cuya existencia no tuve noticia hasta dos años después (las lecturas cruzadas tienen eso, que no te fijas tanto en las mesas de novedades como en las ediciones de bolsillo, al menos en mi caso), cuando me encontré con Juegos sagrados en el salón de mis padres: mira, Vikram Chandra, pensé, y al ojear el libro descubrí que el protagonista no era otro que aquel policía, ahora ascendido a inspector, que se las ve con el mafioso más poderoso de Bombay y con sus propios fantasmas a lo largo de más de mil páginas.
Porque si aquí hay una cosa cierta es que mil páginas de Vikram Chandra dan para mucho. Eso sí: uno debe estar dispuesto a sacrificar cierta velocidad de lectura para consultar a menudo el extenso glosario de términos en sánscrito, urdu, hindí y otras lenguas de la India que se incluye al final de cada libro de este autor. Si se acepta el desafío, el lector se verá recompensado muy pronto por el ritmo de la acción y su extraordinaria riqueza de matices; por una prosa culta y desinhibida que te agarra de la solapa para llevarte por sucios burdeles, cocinas humeantes, despachos ministeriales, calabozos, calles donde la individualidad es anecdótica o los lujosos apartamentos de las estrellas de Bollywood.
Así es leer a Chandra: una experiencia inolvidable.

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