martes, 18 de febrero de 2014

¡Farang!

puesto callejero bangkok
Pedí a las japonesas que se marchasen a su hotel. Bastaron unos azotes cariñosos en las nalgas de una de ellas, Nioko, y la promesa de vernos al día siguiente y hubo por fin silencio. Los ladridos de los perros son el silencio de este barrio. Sumali dice que esto de los perros es algo nuevo, que hace años no los había, que es una moda nueva. Hace años yo tampoco estaba. En mi país siempre me molestaban los ruidos. Aquí no. El día estaba ya muy avanzado y salí de la ducha sin poder saber cual sería el olor de la habitación, pues esto sólo lo sabe quien no ha pasado la noche en ella y entra después: la criada ahora. Me puse una camisa blanca, las gafas de sol y al sentarme en el bar de abajo me di cuenta de que había olvidado preguntar a las chicas en qué hotel se alojaban. Desayuno un Tom Yum que arde como el infierno. Llevo meses sin beber leche: se agria con el calor, te hace sentir lento y torpe, un blanco ridículo de piel sudorosa que se esfuerza por no caer bajo el pesado sol de los trópicos. Cómo se ríen los siameses de los blancos ridículos... y cuánto deseo yo pasar inadvertido ante sus ojos llenos de paciencia y sorna: "¡farang, farang!"        

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