martes, 18 de marzo de 2014

La atención, el bien y el mal

Mi amiga Irma, que es muy justiciera y se indigna mucho con las noticias, va y me dice el otro día:
 “Tú que tienes la oportunidad de hablar a micrófono abierto de lo que quieras, ya podrías cebarte con los abusos de los bancos que antes eran cajas de ahorros, de los que siempre fueron bancos, de la Diputación o del Consorcio de Transportes, o con la burguesía funcionaril –que constituye un buen porcentaje de la población, cuidado–, o con Iberdrola. Podrías hablar de cómo te sangran y luego publican anuncios en los que justifican sus robos; podrías hablar de los políticos analfabetos que viven de ti y de mí y de todos los anteriores.”

Bueno, pues ya estoy hablando, pero lo cierto es que no sirve de mucho. Y no sirve, sencillamente, porque es dañino. Despotricar un rato y soltar vapor viene muy bien, sí; además la gente te apoya, generas adhesión, quedas como alguien que dice la verdad ante cierto sector del público y todo esto tendría sentido si sirviera para algo, si pudieras remover las conciencias de quienes nos joden. El problema es que no puedes. Al menos, no de este modo.

Piensen una cosa: Cuando nos centramos en aquello que nos molesta, lo que hacemos es darle protagonismo, lo aumentamos, lo hacemos presente en nuestra mente y en las mentes de los demás. En cierta ocasión leí que no es extraño que las elecciones las gane el político más odiado o el que peor fama tiene, simplemente porque el foco de atención de los medios y de la sociedad se centran tanto en él, que las virtudes, el poder y la presencia de los demás candidatos se difuminan. Ya lo dijo Wilde: “Sólo hay algo peor que que la gente hable de ti, y es que nadie hable de ti.” Así que bien o mal, pero que hablen, ¿verdad?

Me viene a la memoria el bueno de Joaquín Luqui, ya fallecido. Siendo adolescentes solíamos criticarlo porque era un crítico musical que nunca criticaba a nadie, porque para él todo el mundo era fantástico y toda la música era fenomenal y los discos que le gustaban serían tres, dos o uno ¿recuerdan? 
Nos parecía demasiado benévolo, porque siempre es más honrado y creíble vilipendiar todo aquello que merezca ser puesto en evidencia ante la opinión pública, ya tenga que ver con temas graves y trascendentes o baladíes como la música de radiofórmula.

Pero años después, leí una entrevista que le hacían a Joaquín Luqui en la que le preguntaban eso mismo: “¿Y usted por qué no critica nunca a nadie?” Y Luqui contestó:
 Yo hablo con entusiasmo de la música que me gusta, de la que considero que tiene calidad, de la que creo que puede llegar a triunfar, esté en lo cierto o no; también hablo de aquello que no me gusta tanto, pero no voy a malgastar mi tiempo ni mis energías en hablar mal de nadie. No tendría sentido. La atención es más valiosa que todo eso. La atención. Esa es la clave.

¿Por qué obsesionarnos repitiendo las cosas que todos sabemos? ¿Acaso no es mejor que demos alas a quienes ofrecen soluciones, que prestemos atención a quienes destapan los escándalos y denuncian los abusos y las injusticias, tengan el color que tengan? No perdamos nuestro tiempo en los comentarios de noticias, en las opiniones sobre lo que otros han opinado antes, en los comentarios de comentarios, en el refrito...

Y ojo, no estoy diciendo que haya que perder el contacto con la realidad –porque actualidad y realidad no son la misma cosa y las noticias que aparecen en los diarios son casi siempre las mismas, pero eso ya lo comentaremos otro día–: hablo de que tratemos de centrarnos en lo constructivo, en lo provechoso, en lo bueno, que también lo hay y es mucho.

Parece difícil, y lo es: es tan difícil como elegir entre el bien frente al mal, pero lo hacemos mil veces a día. El bien es invisible, silencioso, propio de santos, de gente aburrida y de pobres. El mal, en cambio, es explosivo, ruidoso, es atractivo y sexy. Dice aquí estoy yo y pega golpes encima de la mesa para que le prestemos atención. Y lo consigue.
Es como en esas tertulias de televisión, en las que aparecen los mismos titulares e imágenes en bucle una y otra vez mientras los invitados desgranan sus lugares comunes, tan previsibles, a ver quién calienta más los cascos al personal y consigue más aplausos, a ver quién es más cínico.

Y claro, con estos ejemplo el bucle se sigue alimentando, pero no soluciona nada, porque tener espíritu crítico no es lo mismo que criticar. De modo que ¿por qué no intentamos lo más difícil? Busquemos algo o alguien de quien merezca la pena hablar bien y hagámoslo. De este modo, quienes no merecen más que desprecio tal vez se den por aludidos.

1 comentario:

  1. Con esta columna doy inicio a la serie "Inventario secreto", que emitiremos en las mañanas de los domingos de Radio Popular de Bilbao.

    ResponderEliminar