martes, 22 de agosto de 2006

Biografía del hambre, Amélie Nothomb

Cuando era niño y manifestaba con denuedo mi intención de convertirme en astronauta para poder así alimentarme a base de comprimidos, los mayores se escandalizaban por mi falta de sensibilidad hacia los placeres de la mesa, meneaban la cabeza y decían ya se le pasará, como si el convertirme en un tragaldabas socializante formara parte de mis planes de futuro. No fue así, y sigue sin serlo. El comer constituye para mí una necesidad primaria que no me proporciona tanto placer como molestias; las punzadas en el estómago me atenazan cuando estoy concentrado en cualquier cosa (las noto en este mismo instante) y la exasperación que este hecho me provoca suele verse agravada por mi nula disposición a ingerir alimentos de poca confianza cuando estoy fuera de casa, lo que ocurre continuamente. En absoluta contradicción con el enunciado anterior, me invade a menudo la necesidad inapelable de tragar cualquier porquería, posiblemente debido a la ausencia de reservas de energía en mi organismo, lo cual se traduce en una percepción de la propia debilidad difícilmente asumible. 
Es decir, que además de no disfrutar comiendo, tengo que hacer un esfuerzo continuo por alimentarme correctamente con el propósito de no enfermar. A esto hay que añadir las horas de tedio arrastrando un carrito de supermercado que parece no llenarse nunca, los productos que caducan en la alacena sin que nadie repare en ellos, o la fastidiosa preparación de los ingredientes que componen una dieta de mantenimiento básica (hay quien llama a esto cocinar). Para compensar mi desinterés hacia todo lo relacionado con la gastronomía (palabra pretendidamente culta pero sin duda horrenda, derivada de gaster, estómago, y pariente por lo tanto de todas aquellas que se refieren a las patologías propias de este órgano), canalicé enseguida mis pulsiones hacia otro tipo de placeres que considero más sanos, estéticos y espirituales como el sexo y la lectura que son, por ese orden, mis predilectos.
Estas reflexiones superfluas tienen una triple explicación: el placer físico y mental que he experimentado leyendo a Amélie Nothomb (cuya obra se estructura en base a la ingesta); mi incapacidad manifiesta para expresar convincentemente y razonadamente los motivos de ese placer; y, por último, la necesidad de hablar sobre mí mismo, como de costumbre.
Por favor, lean a Amélie Nothomb. Para decir obviedades cobrando ya están los críticos.

Biografía del hambre (Anagrama) es la última obra de Amélie Nothomb publicada en español y sigue la línea argumental de Metafísica de los tubos, el sabotaje amoroso, Antichrista y Estupor y temblores, es decir, Amélie Nothomb contada por Amélie Nothomb.

2 comentarios:

  1. Yo te íba a decir que te ha quedado mejor, Jon. Y no creas, la idea es buena -para recurrir de vez en cuando- cuando se lleva un par de años, que los hay que aguantan.Por cierto, has puesto la primera plantilla que yo tuve, ¿te han dicho que no carga bien? Eso me dijeron a mí, la cambié y ahora tengo problemas también con la nueva. ¡¡¡Blogger!!!Has puesto el fragmento de tu novela,ya lo ví, y la leí. Pero me supo a poco. Habrá que esperarla completa. Yo estoy en la misma tesitura, un año de estos acabaré la mía(es ironía, claro).Felices Fiestas de Bilbao, paisano. Mucha suerte.Alicia Rosell es seudónimo de Purificación Ávila.

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  2. Yo no la había leído y me ha gustado mucho....ya tocaba.Un besote

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